La cortina de humo. I

El viernes me había presentado en casa con un par de cajas de cartón atestadas de aburridos manuales de formación internos. El material cubría buena parte de la interminable lista de metodologías de gestión de proyectos que Donovan citara de pasada, en la reunión de kick-off.

El tiempo no acompañó, y ya desde la mañana del sábado permanecí encerrada en el dormitorio. A mis oídos llegaba el trajín de Matt, dedicado en cuerpo y alma a Billy, y a la casa. Podía intuir lo que hacían en cada momento: si le estaba vistiendo; o tocaba cambio de pañales. Ahí iba Matt con la aspiradora; por fin el niño se dormía. Con algo de esfuerzo lograba aislarme del mundo, y sólo entonces me sumergía en la maraña de documentos.

-Billy y yo hemos preparado la comida –me había anunciado Matt el sábado, poco después del mediodía-. Date prisa en venir a comer, que se va a enfriar.

Recuerdo que me incorporé de un salto, dejando un montón de papeles esparcidos por el suelo, y bajé a toda prisa las escaleras en dirección a la cocina. Recuerdo que allí me encontré la mesa puesta: mantel, platos y vasos, cubiertos, jarra de agua. Incluso el rollo de papel de cocina, a modo de servilletero. Recuerdo que recorrí con la mirada aquellas salchichas retorcidas, como nunca antes había visto; las patatas fritas, requemadas, y un plato rebosante de huevos fritos que por fortuna, parecían comestibles. Billy, con el rostro embadurnado de papilla y el babero todavía al cuello, agitaba los brazos desde su trona. Matt, mientras tanto, se afanaba en cortar el pan.

-El interior está como una piedra. Quizás debería haberlo dejado más tiempo en el horno.

Y recuerdo que primero me comí a besos a Billy. Aunque me resistía a soltarle, tras una larga mañana sin arrumacos ni carantoñas, le acabó tocando el turno a Matt. Le rodeé con mis brazos, y le besé en la mejilla “Gracias, cariño” murmuré “pero déjame que esta noche me encargue yo de la cena”.

El pobre tenía un aspecto ridículo con el delantal de flores a la cintura. Se rascó la cabeza, puso cara de “¿Qué habré hecho mal esta vez?”, pero como casi siempre se vino a razones.

Y así transcurrió el resto del fin de semana, sin sobresaltos. Un par de días de intensa lectura que bastaron para que me familiarizara de la jerga del mundillo, y sentar las bases para que la pequeña Anne pudiera pasar por una estudiosa del tema… Ojo, sólo delante de legos en la materia, pero todo se andaría. 

El lunes puse en danza mis recién adquiridos conocimientos, con notable éxito. Dadas las circunstancias, claro.

 

Y es que las cosas en Norne mejoraron sustancialmente al comienzo de la nueva semana. Mis progresos vinieron acompañados del anuncio de la inminente llegada del experto, por el que con tanto ahínco había peleado mi coordinadora. Su incorporación, el martes a primera hora, fue celebrada en un ambiente de estrecha camaradería. 

Daba igual que sólo pudiéramos contar con él por unos días. Nos sentíamos como los defensores de una fortaleza sitiada por un enemigo numéricamente superior, y de pronto recibíamos refuerzos del exterior. Un irrefrenable optimismo se palpaba en el ambiente.

Pero había que mantener los pies en el suelo. Las órdenes de arriba eran tajantes: fuera de nosotros, nadie debía sospechar de la valía del recién llegado. Resultaría, pues, esencial poner en práctica variopintas maniobras de distracción en un intento por mantener al personal de Norne Corp. alejado de Janssen -así se apellidaba nuestro recién reclutado experto-; dejando a éste las manos libres para concentrarse en su cometido.

Daba comienzo una nueva fase de la operación Cortina de Humo.

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El silencio de las imprentas. III

“Hay días en que uno no desearía haberse levantado” pensó Ernesto Sánchez nada más acudir temprano a la comisaría.

Era martes, y la mesa del despacho del responsable de la policía local de Tijuana presentaba tal aspecto, que su primer impulso fue el de arrojar con violencia al suelo el amasijo de papeles amontonado sobre su superficie. La mesura, sin embargo, terminó por tomar las riendas de la situación, y el orondo agente de la ley se resignó a poner algo de orden en medio del caos. En esas estaba cuando, al depositar despreocupadamente un dossier en el montón de asuntos finiquitados, una cuartilla revoloteó hasta deslizarse bajo el escritorio.

Contrariado, Ernesto Sánchez se incorporó, y a duras penas consiguió agacharse a recogerla.

Tardó algo en descifrar su contenido. El dichoso Greeley, o, para ser más exactos, su difunto hermano, al que habían encontrado muerto en el hospital. Un agente se desplazó al lugar de los hechos, la noche de autos, para tomar declaración a los testigos. Ernesto pudo leer, de su puño y letra, lo poco que su hombre logró averiguar.

Y carecía de sentido. En especial lo revelado por el compañero de habitación. No contento con denunciar la espectral aparición de un celador -del que nadie más sabía nada, había anotado su agente en uno de los márgenes-, el enfermo juraba y perjuraba que nunca antes había visto el extraño objeto que colgaba de la mano del gringo, ya cadáver.

Su hombre había tomado la precaución de interesarse por el tratamiento al que había estado sometido su informador. Aquel anciano desvariaba. Y en consecuencia, no le hizo el menor caso.

Regresó una calma aparente al despacho, que apenas duró lo que el orondo policía permaneció pensativo. Pues de pronto, recordó que el hermano de Greeley había sido encontrado en la playa, sin conocimiento, y desde allí trasladado al hospital, donde falleció, días más tarde.

Fue entonces cuando su mirada se iluminó, y, abalanzándose sobre el dossier, revolvió con frenesí la documentación contenida en el interior del mismo. No cejó hasta dar con lo que buscaba.

El listado de objetos personales encontrados en aquel cuerpo, todavía con vida, que el mar arrojó a la playa… o más bien la sorprendente ausencia de ellos.

No había referencia a colgante alguno.

Aquello resultaba muy, muy extraño. Si Hjalmar Greeley no portaba el colgante con la media moneda de plata al ser ingresado, y permaneció sin conocimiento durante todo ese tiempo hasta su muerte, ¿cómo había llegado a parar aquel objeto a su mano?

Una inquietante conclusión terminó de tomar forma en su por momentos aturdido cerebro.

Había sido cosa de su asesino.

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El silencio de las imprentas. II

-Ya estoy aquí otra vez -la voz familiar del Abuelo resonó de nuevo en la habitación-.Clyde, ¿resolvió W. todas tus dudas sobre los diferentes tipos de billetes, o quedó algo en el tintero?

-No, creo que lo he captado todo -sonrió Clyde, mirando de reojo a W.- y también he entendido lo que explicaste sobre el papel de la FED.

-Si hay algo más que no entiendes, no dejes de consultarnos a W. o a mí, ¿de acuerdo? -insistió el Abuelo.

-Lo tendré en cuenta. Gracias -respondió lacónico el hombretón-. Sigamos con lo que tenemos entre manos. Disponemos de dos semanas para seguir el rastro de unos billetes de diez y veinte dólares cuya existencia nadie ha demostrado hasta la fecha y que podrían tener alguna relación con el asesinato de Kennedy, ¿correcto?

-Ajá. Nuestro cliente deba por hecho que el presidente dio orden de que se imprimieran. En la teoría de la conspiración juega un papel fundamental la Executive Order 11.110. Te supongo al tanto de este asunto, W. Cuéntanos.

El hombrecillo fulminó con la mirada a Clyde, el cual levantó los brazos entre aspavientos, reclamando su inocencia.

-Se trata –respondió el primero de mala gana- de una orden ejecutiva firmada por el presidente por la que se restituía al Secretario del Tesoro la potestad de imprimir Certificados de Plata. El mismo personaje que meses antes había visto cómo el Congreso le retiraba esa facultad. Más allá de la coincidencia en el tiempo, no veo yo una relación clara.

-De acuerdo –zanjó el debate El Abuelo-. Descartada esa línea de investigación, ¿qué nos queda? 

W. se aclaró la voz.

-Bien, por de pronto he estado echando un ojo a los documentos desclasificados de aquella época. También he curioseado a través de los registros federales y en la biblioteca del Congreso. No encontré referencia alguna a este asunto.

 “Lo cual no quiere decir que no la haya. Lo ortodoxo sería ponerse en el lugar de la administración Kennedy y solicitar a nuestro departamento de Documentación que rastree uno por uno todos los eslabones necesarios para imprimir una serie de billetes. Desde el departamento del Tesoro, pasando por las cecas, los suministros de papel, tinta…

El Abuelo chasqueó la lengua.

-Alto. Yo no continuaría por ahí. Una consulta tan abierta a nuestros chicos de Documentación… quince días no dan ni para empezar a escarbar. Además, otros muchos ya lo habrán revisado una y mil veces. Debemos guiarnos por nuestro instinto.

-Nunca se sabe… -el hombrecillo vaciló por un momento- Podrían dar con algún indicio que se nos hubiera pasado por alto.

-Ni hablar. No toleraré a nadie que despilfarre recursos de la Agencia –respondió tajante El Abuelo-. Debemos ceñirnos a consultas específicas.

W. meneó la cabeza, disgustado. Parecía que iba a replicar algo cuando Clyde se adelantó a responder.

-Entendido. En ese caso seguiremos nuestro olfato. ¿Has podido averiguar algo más, W.?

El hombrecillo le dedicó una furibunda mirada al hombretón, y éste trató, en balde, de convencerle mediante gestos de que no había tenido otra elección.

-Sí -respondió por fin W., todavía contrariado-. He dedicado parte de la noche a  refrescar la memoria sobre el equilibrio de poderes e influencias de aquella época. El siguiente paso, a mi modo de ver, sería indagar entre los responsables de la OCC… me refiero a la oficina del Comptroller of the Currency… en tiempos la administración Kennedy. Hay un amplio consenso entre los expertos en que Skinner era el principal asesor del presidente en asuntos monetarios.

-Eso ya suena mucho mejor.

-Cursaré varias consultas específicas sobre el paradero actual de su equipo al departamento de Documentación. Confío disponer de un informe detallado esta misma tarde.

-Excelente, W. Pero recuerde que deben tratar este asunto con la máxima discreción.  No quiero ver una sola mención a los billetes Kennedy en esas solicitudes –los dos agentes se intercambiaron una mirada-. Todo lo que tengan que comentar sobre el tema, háganlo conmigo; y si no estuviera yo, con Norman.

“Continuaremos esta conversación a eso de… las catorce horas allí en la costa este. Tiempo más que suficiente para que se desplacen a la oficina de Nueva York. Desde allí será todo más fácil.

Para cuando el teléfono enmudeció, Clyde seguía sin encontrar justificación al inusual comportamiento del Abuelo. W., mientras tanto, observaba con ojos vidriosos a su compañero, pero en esta ocasión se abstuvo de recriminarle sus intervenciones.

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El silencio de las imprentas. I

El zumbido de su teléfono despertó a Clyde. “Diantre” se dijo “necesito un café para volver a sentirme persona”. Se mesó los cabellos y observó de reojo a W., que continuaba trabajando delante de su portátil. Tal y como le dejara antes de caer vencido por el sueño.

Clyde se acercó perezosamente y lanzó un gruñido a modo de saludo.

-¿Quieres que te traiga un café? Tenemos todavía diez minutos antes de volver a conectarnos.

-Sí, por favor, sólo -respondió el hombrecillo, sin apenas inmutarse.

Clyde trató de aclararse de nuevo los ojos, hasta comprobar que no eran éstos la razón por la que veía borrosa la imagen de la pantalla. En efecto, tenía ante sí una fotografía en color que tendría probablemente cuarenta años, quizás más. Parecía tomada en un despacho atestado de archivadores y mesas. En ella pudo reconocer a un sonriente John F. Kennedy, rodeado por un grupo de colaboradores, que se arremolinaban a su alrededor. Al fondo logró distinguir una figura desenfocada -quizás un becario, se dijo Clyde- que se asomaba por la puerta del despacho.

El hombretón se incorporó, a sabiendas de que disponía de poco tiempo antes de que el Abuelo contactara con ellos. Se deshizo de la camiseta interior de tirantes con la que había dormido, y echó mano de la camisa y su chaqueta, que colgaban del picaporte de la puerta. De camino a por su ansiado café, paró un momento por los aseos, donde se refrescó la cara e hizo sus necesidades.

Al regresar al improvisado dormitorio, escuchó la voz familiar del Abuelo a través del altavoz.

-Buenos días, muchachos. ¿Listos para empezar?

-Listos -contestó W., agarrando con su mano derecha el tanque de café que le alargaba Clyde.

-Listos -repitió éste, tomando asiento junto a W.

-Bien, recapitulemos. ¿Qué saben ustedes de los billetes Kennedy?

-Hasta ayer -repuso W.- lo que casi todo el mundo. Forman parte de una de tantas teorías conspirativas en torno a la muerte de JFK. Esta sostiene que el presidente no confiaba en los métodos de la Reserva Federal, y que trató de desafiarla, poniendo en circulación papel moneda a sus espaldas. Que nunca más quería oír hablar de los billetes FED. La decisión puso nerviosos a algunos, una cosa llevó a la otra, y el presidente Kennedy fue asesinado.

-Perdonad -intervino Clyde, frotándose la barbilla- a ver si me aclaro. ¿Estáis diciendo que hay diferentes tipos de billetes en circulación? ¿Billetes… FED, los llamáis, y esos que al parecer mandó imprimir Kennedy?

W. lanzó una mirada iracunda a Clyde al tiempo que murmuraba para sí una retahíla de palabras incomprensibles.

-Clyde -intervino el Abuelo-, como seguramente recuerdes de tu periplo universitario, la naturaleza del dinero de curso legal ha variado de forma sustancial a lo largo de la historia. Hablar del patrón oro, por poner un ejemplo, nos llevaría horas. En lo que respecta al papel moneda, debes saber que, durante la mayor parte del siglo XX, en Estados Unidos se manejaron de forma simultánea numerosos esquemas. Las diferencias entre ellos van más allá de meros aspectos formales; de hecho, el gobierno federal incorporaba o eliminaba más o menos tipos a la nómina conforme a sus intereses.

“Así, en tiempos de la administración Kennedy, circulaban billetes US, que se imprimían con valor facial de dos y cinco dólares; pero también certificados de plata, con valor facial de un dólar. Estos dos tipos eran emitidos por el departamento del Tesoro. A cargo de la Reserva Federal, estaban los billetes FED, con valor facial de diez, veinte y cincuenta dólares.

-Mmm…interesante -repuso Clyde, echando la mano de un paquete de cigarrillos arrugado-. ¿Y que tiene que ver todo esto con el presidente y su supuesta animadversión hacia la Reserva Federal?

-Pues verás. Que Kennedy diera luz verde a los chicos del Departamento del Tesoro para que imprimieran nuevas series en billetes pequeños –de dos y cinco dólares, por poner un ejemplo- entra dentro de lo normal. Que les ordenara imprimir series de billetes grandes, no. Hubiese supuesto un cambio sustancial en el status quo de aquella época. Durante las décadas precedentes, los billetes FED habían comenzado a sustituir al resto de alternativas en circulación. Una medida como ésta hubiese supuesto un cambio de tendencia. Un desafío a la creciente autoridad de la Reserva Federal. ¿Verdad, W.?

-Correcto –el hombretón observó cómo su compañero crispaba los puños al tomar la palabra, pero en ese momento no le concedió mayor importancia-. Puede que haya un nexo causal, o tan sólo sea una coincidencia temporal. Pero el caso es que, tras el asesinato de Kennedy, se dio el carpetazo a la emisión de billetes por parte del Departamento del Tesoro; quedándose la FED sola al mando de las operaciones.

-Vaya -Clyde lanzó una bocanada de humo, mientras conjeturaba qué más daría que unos u otros imprimieran billetes-. Y el trabajo que nos han encomendado es…

Si el hombretón se hubiese vuelto en ese momento hacia su compañero, habría visto a W. morderse la lengua. No se percató de ello, porque el Abuelo se adelantó a responder.

-Seguir el rastro de esos billetes, si es que alguna vez se mandaron imprimir. Sabemos que, bajo el mandato de Kennedy, el Tesoro puso en circulación nuevos billetes de dos y cinco dólares. Todavía pueden verse algunos por la calle. Pero esos no son los que nos interesan.

“Se ha especulado mucho acerca de si se dio también la orden de imprimir billetes de diez y veinte dólares. ¿Con qué intención? Sustituir a los de la FED. Pura rumorología, si hacemos caso de los desmentidos oficiales. No hay una sóla declaración pública de JFK en contra de la Reserva Federal. Y lo cierto es que éstos nunca han circulado.

-Me pregunto –insistió Clyde- qué tendría que ganar nuestro cliente con todo esto. ¿Desentrañar el asesinato de Kennedy? No me lo creo.

Se hizo un espeso silencio, en el que cada cual se sumió en sus pensamientos. En el caso del hombretón, permaneció con los párpados entornados, y a su mente acudieron fragmentos de la conversación en el aparcamiento. Su anónimo interlocutor insistiendo una y otra vez en que necesitaban resultados en un plazo máximo de dos semanas. O la negativa con que recibió la sugerencia de W., aquello de fabricar pruebas falsas. Como si su nuevo patrono estuviera interesado nada más que en conocer la verdad, y punto. Algo muy poco habitual en los tiempos que corren.

-Pudiera ser -concedió el Abuelo-. En todo caso se trata de un juego muy peligroso. Quien logre probar la existencia de los billetes Kennedy tendrá en su mano una formidable baza para presionar al sistema. De hacerse público, la Reserva Federal quedaría en entredicho. Y si de algo se alimenta ese organismo es de CONFIANZA.

Clyde se quedó con las ganas de continuar con el interrogatorio; pues en ese preciso instante se oyó carraspear al Abuelo.

-Muchachos, tengo una llamada urgente por la otra línea. W., quiero que aclares a Hernanes todo aquello que necesite saber. Dadme diez minutos y continuamos ¿OK?

Clyde se frotó la mandíbula con ambas manos, intrigado. Buscó con la mirada a W. y reparó en que éste le dedicaba una mirada furibunda. El hombretón enarcó las cejas, invitando a su compañero a hablar.

-En este negocio hay una regla de oro –rezongó el hombrecillo, con súbito acento centroeuropeo-. Respetar el territorio del otro. Por si no te quedó claro, el mío son las finanzas, el tuyo los mamporros. Así que, a partir de ahora, seré yo el que hable. Te limitarás a fingir que entiendes todo lo que conversamos y a seguir mis instrucciones.

Clyde meditó un momento antes de responder.

-Expuesto así, no tengo nada que objetar, W.

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El proyecto matriz. IV

-Así que alguien quiere que le pongamos tras la pista del proyecto Matriz -reflexionó el Abuelo en voz alta, tan pronto W. concluyó la narración.

Clyde hizo ademán de acercarse al micrófono, pero W. le indicó por señas que esperara.

-Ahora que caigo -la voz del Abuelo resonó al cabo de un instante- antes me comentabais que fueron al menos cinco las personas a vuestro encuentro. Tenemos a los dos gorilas, al conductor, al tipo que llevó la voz cantante. Me falta uno.

El hombrecillo hizo un gesto con la cabeza invitando a Clyde a contestar.

-Hemos dejado para el final lo mejor -se apresuró a responder el hombretón-. Nada más comenzar la entrevista nos percatamos de que desde el interior del vehículo accionaban el mecanismo de una de las ventanillas traseras, dejándola entreabierta. Se trataba de una mujer, aunque no nos fue posible identificarla. Iba embozada en una de esas capas con capucha que nos impedía ver su rostro con claridad. Estábamos a punto de marcharnos, cuando la mujer se descubrió por un momento, y dirigiéndose a nosotros recalcó que tenía puestas muchas expectativas en el buen hacer de la Agencia y sus empleados. El tono de voz era el de alguien que está acostumbrado a dar órdenes, y se aseguró que la reconocíamos. Se trataba de…

Un inoportuno ruido en la línea importunó al Abuelo, impidiéndole continuar el hilo de la conversación.

-¿Clyde? ¿W.? ¿Seguís ahí? Repetid su nombre, por favor.

W. intervino, con voz templada.

-La Secretaria de Estado. Se trataba de la Secretaria de Estado.

El Abuelo se retorció en su asiento, preocupado. Hizo una larga pausa para reflexionar, y finalmente sentenció:

-Se ha hecho tarde. Id a descansar. A la mañana -echó un vistazo a su agenda de reojo- entre ocho y nueve menos cuarto, hora local allí en Washington, tengo un hueco libre. Quiero que volváis a contactar para discutir los próximos pasos. ¿De acuerdo?

Clyde lanzó un gruñido tras echar un vistazo a su cronómetro. Eran cerca de las cinco.

-De acuerdo- respondió, presto, W.

Clyde y W. intercambiaron miradas.

-No sé tú -rompió el hielo Clyde, rascándose la cabeza- pero para dormir tres horas escasas prefiero repostar algo de café y ayudarte en lo que pueda.

-¿Tres horas nada más? Por mi reloj son apenas las once de la noche.

Avergonzado, Clyde cayó en la cuenta de que había olvidado cambiar la hora al bajar del avión, mas su compañero rechazó de plano su colaboración.

W. no fue el único en pasar el resto de la noche en vela. Al otro lado del Océano Atlántico, El Abuelo continuó sentado en el sillón de su despacho, sumido en sus pensamientos. En el extremo de la mesa, el retrato desgastado de una mujer pálida, de largos cabellos que caían en bucles sobre sus hombros, sonreía con tristeza.

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El proyecto matriz. III

Las noches de vigilia en la oficina solían tener un aroma especial en la sede central de la Agencia. Aroma al café bien cargado, a la camaradería, a una familiar intimidad alejada del bullicio diario, al hecho de compartir con otros hombres y mujeres el sacrificio de unas horas de sueño para sacar adelante algún trabajo. Siempre había una buena razón detrás de ello, y eran pocas las quejas que se proferían.

Eso pensaba el Abuelo, camino de la máquina de café, cuando notó cómo su teléfono móvil comenzaba a vibrar. De madrugada, había recibido el aviso de uno de sus equipos de trabajo desplazado a Washington, solicitando comentar con él algo importante. La espera no se había hecho más tensa que en otras ocasiones, y era muy probable que se tratara de la llamada que estaba esperando.

Al otro lado de la línea telefónica escuchó la voz familiar de Clyde, que, carraspeando, avisó al Abuelo que activaba el manos libres para poder hablar cómodamente con W.

-¿Os habéis asegurado de que no haya cerca oídos indiscretos? -recordó, el Abuelo, receloso, al tiempo que retrocedía sobre sus pasos, de vuelta a su despacho.

-Te llamamos desde una sala segura; con teléfono prepago –se escuchó decir a W., lacónico.

-Está bien, está bien. Adelante, disparad -repuso el Abuelo.

-El encuentro -comenzó Clyde- no tuvo lugar en el sitio convenido. Allí nos esperaba un taxi, con la placa de matrícula casualmente manchada de barro.

-Qué fatalidad –observó el anciano, al otro lado de la línea telefónica-. ¿Dónde tuvo lugar la entrevista, pues?

-En Arlington. El conductor paró en un callejón apartado, y nos indicó por señas que nos apeáramos, alargándonos un sucio pedazo de papel con indicaciones para llegar al siguiente punto de encuentro. Un aparcamiento de un edificio de oficinas cercano. A pie, por supuesto.

“Apenas dispuse de tiempo material para asegurar el perímetro del aparcamiento. Enseguida comprendí que nuestros interlocutores también sabían lo que tenían entre manos, la cámara de seguridad que debía controlar el sector donde nos encontramos estaba averiada. Chapucero, pero efectivo.

-No sé a dónde vamos a llegar con tanto vandalismo -comentó el Abuelo, ojeando distraído unas facturas-. Y dices que eran varios.

-Sí –respondió Clyde-. Al menos cinco. Un par de matones esperaban a cierta distancia, junto a un automóvil oficial camuflado… uno de esos vehículos acorazados…con el motor encendido y el conductor al volante, cómo no. Uno de ellos se aseguró de que no llevábamos artilugio alguno con el que grabar la conversación. Un hombre entrado en años que llevó la voz cantante de la conversación. Se le notaba muy curtido en estas lides. Nos explicó en detalle lo que esperaban de la Agencia.

-¿…Y?

-Creo que será mejor que te lo explique W.

W. tomó la palabra, trasladando palabra por palabra el contenido de la conversación mantenida hacía sólo un par de horas. El Abuelo le interrumpió en contadas ocasiones, lanzando preguntas muy concretas, que W. respondía pacientemente, sin vacilar, para proseguir con su relato.

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El proyecto matriz. II

Las labores de inspección que habían llevado a Ned a Nueva York arrancaron sin sorpresas a media tarde, en la sede de la Baring. Mera rutina.

Ned calculaba que tenía por delante al menos un par de jornadas más de trabajo. Sin tiempo, por tanto, para echar de menos su acogedor apartamento, en las cercanías de Washington. La habitación de hotel que le había correspondido en aquella ocasión no estaba tan mal, después de todo.

Tras dos intensas horas repasando libros de cuentas, el rubio empleado de la FED hizo una pausa y aprovechó para ir al aseo, donde se refrescó la cara y se miró al espejo, aliviado. El lugarteniente del malogrado Hjalmar Greeley agradecía haberse quitado de encima, aunque sólo fuera unos minutos, la omnipresente compañía de sus incómodos acompañantes. A la vuelta, hizo un alto en la solitaria máquina de café, y, seguro de que el resto no habría regresado aún, insertó unas monedas. Seleccionó la bebida desde la consola, agregándole un extra de café.

Mientras esperaba, dejó vagar su mirada por aquel lugar.  A la derecha de la máquina, en la pared, descubrió una pantalla de plasma donde una atractiva periodista comentaba las últimas noticias de Wall Street. Ned se echó mano del nudo de la corbata, y comenzó a silbar entre dientes, cuando algo interrumpió su breve descanso.

-¿Cómo te van las cosas, Ned?

El rubio enviado de la FED alzó las cejas al escuchar una voz familiar a sus espaldas. No se giró de inmediato, sino que esperó pacientemente a que la máquina de café terminara su trabajo.

-Mejor que en mi última visita, allá por febrero -respondió con tono sarcástico, mientras levantaba la trampilla de cristal para hacerse con el tanque–. Claro que en aquella ocasión dejamos la mayor parte de los deberes hechos. ¿Café?

-Sólo, por favor.

Ned introdujo un par de monedas más en la ranura de la máquina expendedora, desviando la mirada durante un instante para realizar la selección.

-Me alegro… de veras. Nosotros estamos encantados con el nuevo discurso de vuestro jefe. Que defienda con tanto ahínco las inyecciones de capital. Golpeasteis duro el pasado semestre, si… -la mueca de su interlocutor no pasó desapercibida al duro examinador de la FED- pero las cosas parecen poco a poco volver a su cauce. Y en la Baring nos gusta ser amigos de nuestros amigos…

-¿De veras? –contestó el mocetón rubio, su rostro convertido en una máscara inexpresiva, ofreciéndole el humeante recipiente de plástico- ¿Te han enviado ellos a hablar conmigo?

Su interlocutor dibujó una sonrisa al tiempo que removía el azúcar acumulado en el fondo del recipiente.

-Quién si no… Ned, te seré brutalmente franco. Durante años Hjalmar fue un apestado; hasta que el cambio de guardia en la FED le devolvió al primer plano. Su carrera profesional volvía a desarrollarse con viento a favor, sus consejos volvían a ser tenidos en cuenta.

“Algunos están convencidos de que este fin de semana se ha apuntado su mayor victoria… a título póstumo. Se engañan. Dejar caer al más pequeño de entre los grandes puso al sistema al borde del abismo, tanto que obligará a una ratificación de la política de ayudas, esas que hasta la fecha han llegado a cuentagotas. Ya has visto lo que ha pasado con los chicos de los seguros. En muy poco tiempo intervendréis de forma masiva para reflotar nuestro sistema bancario con inyecciones de dinero público, y muchos de los que osaron cuestionar este tipo de medidas callarán ahora.

-Hjalmar no toleraría a nadie que le hablara de esta manera –respondió Ned muy despacio.

El hombre se echó a reír.

-¿Hjalmar? No, Hjalmar no entendería algo así. Sabes mejor que yo lo testarudo que era. Ni sabría ni querría amoldarse a la nueva situación. Pero tú… bueno, tú todavía estás a tiempo de apostar por el caballo ganador.

Los ojos de Ned volvieron a apagarse al preguntar:

-¿Por qué me cuentas todo esto? Sabes de sobra que mi carrera profesional ha corrido en paralelo a la de Greeley.

Su interlocutor pegó un respingo, mas logró sostener la mirada.

-No me tomes el pelo, Ned. Estamos al tanto de tus… diferencias de criterio con Hjalmar.

-Se trata de eso, entonces –musitó éste, apurando su café.

-Se trata de eso, sí –el hombre se esforzó por dibujar en su rostro algo parecido a una cálida sonrisa, en balde-. Harías bien en pasarte por la planta noble esta tarde. Allí arriba hay gente que todavía te aprecia, y mucho.

-No estaría bien visto –dijo Ned, hablando con deliberada lentitud- que el Examinador Jefe se reúna con los responsables de un  banco donde realiza labores de inspección.

Clavando fijamente sus pupilas en el rubio enviado de la FED, su interlocutor replicó con aspereza.

-No serías el primero… ni el último en lograr acomodo en la entidad financiera que auditas. Pero tú verás. Piénsatelo, y si te decides, ya sabes dónde encontrarme.

Ned escuchó el ruido sordo producido por el tanque vacío de café al aterrizar en la papelera, encajándolo como un puño que le golpeara en la boca del estómago.

El recio empleado de la FED permaneció unos instantes de pie, en silencio.

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El proyecto matriz. I

Para cuando W. atravesaba el Atlántico en tan incómoda compañía, su distinguido anfitrión se hallaba en su domicilio en Washington, a donde se había trasladado tras completar un trayecto similar horas antes. El veterano responsable de la FED pidió que le subieran algo para almorzar y aprovechó a tomar una ducha rápida. De regreso en la habitación, dio buena cuenta del almuerzo, y sólo entonces consultó su cronómetro.

Disponía de algo de tiempo para dedicarse de nuevo al asunto de Tijuana. A seguir la pista de la china. Al fin y al cabo, razonaba, alguien debía haber visto a aquella misteriosa mujer en la comisaría, y a buen seguro sabría describirla. Lo primero, se dijo, era contactar de nuevo con su buen amigo José, y en esa tarea se aplicó Horace Greeley.

El teléfono sonó hasta en ocho ocasiones hasta que la llamada saltó finalmente a Rosita, su asistente.

En vista de la imposibilidad de localizar a José, la mujer terminó por facilitarle un nombre y un número. Horace le agradeció la información y colgó. Sin pensárselo dos veces, marcó el teléfono que acababa de anotar. Transcurrieron veinte exasperantes minutos durante los cuales fue atendido por sucesivos interlocutores, hasta que al fin tuvo la oportunidad de practicar su más que correcto castellano con alguien que parecía saber de lo que estaba hablando. La simple mención del nombre de su amigo, se dijo Greeley, debía ser suficiente. El resultado, empero, no le satisfizo en absoluto.

-¿Está usted seguro?… entendido… bien. En tal caso déle las gracias a su jefe por la información… eso es… que tenga un buen día.

Horace colgó el teléfono, con el rostro enojado. Quedó un instante inmóvil, con la mirada dura y distante, para poco después extender el brazo y dejar la copa de vino sobre la bandeja que descansaba en la mesilla. Se levantó y comenzó a pasear frenéticamente por la habitación, fumando un cigarrillo tras otro, hasta terminar la cajetilla.

Acababa de oír de labios de un anónimo polizonte mexicano toda una sarta de patrañas. Pues bien, si el mismísimo jefe de policía de Tijuana se creía que iba a librarse tan fácilmente de él, estaba muy equivocado.

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La fiesta. IV

Mientras tanto, sobre el Océano Atlántico, el desconocido sentado junto a W. lanzó un bufido, seguido por una exclamación de disgusto; y se dirigió a éste con mirada incrédula.

-¡Esa gentuza! ¿Pues no va a ser que este año, gracias a los sinvergüenzas de mis clientes no voy a cobrar la totalidad del bonus?

El diminuto empleado de la Agencia miró en derredor, azorado. No tenía escapatoria posible, rodeado por respaldos de asientos y emparedado entre aquel tipejo de higiene más que discutible y el gigantesco matón que continuaba plácidamente dormido, ajeno a la conversación.

W. se esforzó por dedicar una sonrisa que no le comprometiera a nada, y fingió mirar distraídamente por la ventanilla, mas todo fue en balde.

-Júzguelo usted mismo -restalló de nuevo el vozarrón de su incómodo compañero de viaje.

El hombrecillo no tuvo más remedio que voltear su rostro y observar con detenimiento aquello a lo que se refería el comercial. La pantalla del portátil mostraba una tabla con tres columnas. En la primera de ellas aparecían listadas una serie de preguntas, como si de un cuestionario se tratara. La segunda y la tercera aparecían cifras decimales, ambas encabezadas por un texto explicativo.

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“¿Cuál es su nivel de satisfacción general con nuestro departamento comercial?” 0,71 0,64
“En general, ¿considera Vd. que nuestro departamento comercial en la actualidad cumple con sus expectativas?” 0,79 0,64
“Imagine un departamento comercial que resulta ideal en todos los aspectos, ¿cómo consideraría que se encuentra el nuestro respecto a esta compañía?” 0,57 0,54

-¿Qué le decía? –continuó lamentándose aquel tipejo-. Esos tipos conseguirán mi ruina.

W., concentrado en las cifras, carraspeó, y comentó con tono neutro.

-Pues va a tener usted razón. Con estos datos en la mano, se demuestra sin ningún género de duda que su negocio está experimentando un severo retroceso. ¿Lo ve? En la encuesta del año pasado entrevistaron a catorce personas, y en ésta tan sólo fueron once los entrevistados.

El molesto compañero de viaje se rascó la cabeza, mirando ora a W., ora a la pantalla, tratando en balde de comprender el razonamiento que había llevado al hombrecillo a llegar a semejante conclusión, pero por más que miraba y remiraba, no encontraba el dato del número de entrevistados. Y lo más insólito, a santo de qué  concedía a éste, de dondequiera que lo hubiera sacado, tanta importancia. W., alertado de la mirada recelosa que le dedicaba su ocasional compañero de viaje, se vio en la necesidad de añadir aquello que para él resultaba más que evidente.

–Cuando algo marcha mál, lo primero que hacen es recortar gastos superfluos, como este tipo de encuestas.

Aplastado por lo inesperado del comentario, el estrafalario comercial dedicó a W. una nueva mirada furtiva; y resolvió evitar dirigir la palabra a su extraño compañero de viaje durante el resto del viaje.

El hombrecillo, mientras, se sentía satisfecho tras salir airoso de tan embarazosas preguntas; e ignorante del recelo con el que su vecino de observaba, se zambulló de nuevo en los recuerdos de la velada a la que había asistido; y a la improvisada tertulia con el selecto grupo de economistas congregado en la sala donde les había conducido su anfitrión.

Así, iniciaron un animado debate sobre los recientes acontecimientos en Wall Street: el colapso al que se había visto abocada la banca de inversión y la intervención de la Reserva Federal en una de las más importantes aseguradoras del país. Discutieron acaloradamente sobre los desafíos a los que se enfrentaban los reguladores, las opciones para apuntalar los balances de las entidades financieras, y la idoneidad de las herramientas que estaban empleando de los bancos centrales. W. permaneció en un prudente segundo plano, sorprendido por la vacuidad de algunos de los argumentos que esbozaban tan insignes tertulianos; esos que minutos antes, en una ocasión en apariencia igual de distendida, habían mostrado mucho más mordiente. Incluso para un personaje de tan escasa empatía, resultaba evidente qué tipo de comentarios eran bienvenidos en aquella corte de aduladores. Para cuando la conversación derivó de los problemas de la economía financiera a los de la economía real, el hombrecillo ya tenía a qué atenerse.

-De sobra conocen que la responsabilidad del cargo que ocupo en estos momentos me impide hablar con libertad de según qué asuntos –se excusó Horace Greeley, haciendo gala de reflejos, en cierto momento del debate-. Por fortuna, todavía hay personas que como nuestro Templeton disfrutan de semejante privilegio. Dígame –clavó su mirada sobre el hombrecillo, y con gesto amable le inquirió- ¿A usted qué opinión le merece la actual crisis?

Estaba en su terreno, y ello le confería una sensación de extraña comodidad. Durante un fugaz instante, el hombrecillo calibró al representante de la FED, tratando de hacerse una composición de lugar de las decisiones que hubiesen tomado los chicos del Cuervo de haber continuado al frente de las operaciones.

-Sinceramente, me preocupa la criminalización que se está produciendo de prácticas financieras que hasta hace poco eran universalmente aceptadas con naturalidad. Da la sensación de que desde algunos estamentos sociales ha comenzado la caza de brujas en el sector financiero. Y esto no me gusta. No me gusta.

-Y para usted, ¿quién es el culpable de la situación en la que nos encontramos? ¿Los ciclos económicos? ¿Los reguladores? ¿Las agencias de rating? ¿La avaricia?- le había preguntado interesado uno de los comensales.

W. se sorprendió a sí mismo comprobando lo sencillo que resultaba renunciar a los principios, si la ocasión lo aconsejaba; por lo que no le resultó complicado responder:

-En confianza, y sin que salga de estas paredes… creo firmemente que, si nos ceñimos a la burbuja inmobiliaria, todos los actores de esta comedia somos corresponsables. Me refiero a los ciudadanos que se endeudaron por encima de sus posibilidades, los promotores ávidos de lograr plusvalías, el sistema financiero que desatendió las ortodoxas políticas de valoración del riesgo, y los gobiernos y agencias federales que, confundidos, miraban a otro lado. Con que uno sólo de esos actores hubiera dicho basta, la burbuja se hubiera desactivado mucho antes. Pero a todos parecía interesarnos darle cuerda a la cometa… o no nos atrevíamos a…

Horace pareció complacido por la respuesta, no obstante continuó su particular interrogatorio.

-¿Y que opinión le merecen esos políticos que amenazan con recortar los bonos de los banqueros? ¿Cree que terminarán por dar ese paso?

W. comprendió que había llegado la hora de echar toda la carne en el asador.

-Señores, no seamos ingenuos. No he conocido en mi trayectoria laboral con un sólo trabajador por cuenta ajena que no haya antepuesto lo mejor para sus propios intereses a cualquier otra consideración. Y en esta categoría incluyo a la clase política. ¿Poner un techo a los salarios? Bastará con recordar a nuestros políticos que  los bonos y sueldos de Wall Street les están reportando vía impuestos la friolera de un billón de dólares. Y tres cuartos de lo mismo pasa con la City.

El hombre escrutó el rostro de sus contertulios y se sintió extrañamente complacido. W. había logrado la aprobación unánime de su improvisado auditorio y paladeaba las mieles del triunfo intelectual. “¿Ven lo que les decía? Una brillante exposición, Templeton. Necesitamos que gente como usted cuente las cosas como son. Sí señor” se había felicitado Horace.

La voz del comandante del vuelo informando de la proximidad de su destino, trajo de vuelta a W. al rabioso presente.

¿Me he perdido algo?- parloteó alegremente Clyde, que, desperezado, escudriñaba a través de la ventanilla del avión. A su izquierda, mientras tanto, el comercial continuaba observando de reojo al hombrecillo.

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La fiesta. III

Amanecía en Arlington, donde un taxi con la matrícula irreconocible por el barro fue a estacionar frente al 2000 de N Clarendon Boulevard, un edificio de dos plantas a escasos cien metros del cruce con la calle N Scott y de la bifurcación con la calle Dieciséis. El conductor permaneció un rato asomado a la ventanilla, dirigiendo su mirada a la calzada. A su izquierda, al borde de la acera, una anciana andrajosa se incorporó, aproximándose al vehículo y tras intercambiar unas palabras, hizo entrega de una grasienta bolsa de papel al taxista, que la aceptó con una ancha sonrisa.

Al otro lado de la calle, un tipo rubio de anchas espaldas y tez pálida que caminaba apresuradamente por la acera y que conversaba por el manos libres, logró llegar a tiempo de observar la escena desde la lejanía. Sin detenerse, el hombre continuó caminando con paso firme, y poco más tarde lograba ponerse al volante de un reluciente sedán color tostado.

Minutos antes de las ocho, Ned abandonaba su impoluto Impala del 2002 en las proximidades de Union Station, con el tiempo justo para subirse al tren camino de Nueva York. Recorrió el esbelto vagón del Acela Express hasta localizar su asiento, y ya cómodamente instalado, repasó mentalmente algunos asuntos a resolver; asuntos que hubieran contado con la aprobación de su difunto responsable, el inflexible Hjalmar Greeley, y que, si todo iba bien, le mantendrían unos cuantos días alejado de Washington.

Dos horas y cuarentaiséis minutos más tarde, el rubio empleado de la FED se apeaba en Penn Station, y desde allí se dirigiría a pie al acceso al suburbano de la calle 34, donde tomaría la línea A de metro en dirección Mott Avenue-Far Rockaway. Ned dejó el metro en Fulton, y recorrió con paso firme Nassau Street en dirección al número 33 de Liberty Street. De camino se cruzó con un reducido grupo de manifestantes que combatían el frío de la mañana con gruesas prendas de abrigo, y que le observaban con ojos encendidos.

Ned  se detuvo un instante. En el cartel que sostenía un hombre de color con un gorro de piel sintética calado hasta las orejas, se podía leer:

End the FED

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Publicado en Capítulo 14, El invierno Kondratiev | Etiquetado | 1 comentario