El zumbido de su teléfono despertó a Clyde. “Diantre” se dijo “necesito un café para volver a sentirme persona”. Se mesó los cabellos y observó de reojo a W., que continuaba trabajando delante de su portátil. Tal y como le dejara antes de caer vencido por el sueño.
Clyde se acercó perezosamente y lanzó un gruñido a modo de saludo.
-¿Quieres que te traiga un café? Tenemos todavía diez minutos antes de volver a conectarnos.
-Sí, por favor, sólo -respondió el hombrecillo, sin apenas inmutarse.
Clyde trató de aclararse de nuevo los ojos, hasta comprobar que no eran éstos la razón por la que veía borrosa la imagen de la pantalla. En efecto, tenía ante sí una fotografía en color que tendría probablemente cuarenta años, quizás más. Parecía tomada en un despacho atestado de archivadores y mesas. En ella pudo reconocer a un sonriente John F. Kennedy, rodeado por un grupo de colaboradores, que se arremolinaban a su alrededor. Al fondo logró distinguir una figura desenfocada -quizás un becario, se dijo Clyde- que se asomaba por la puerta del despacho.
El hombretón se incorporó, a sabiendas de que disponía de poco tiempo antes de que el Abuelo contactara con ellos. Se deshizo de la camiseta interior de tirantes con la que había dormido, y echó mano de la camisa y su chaqueta, que colgaban del picaporte de la puerta. De camino a por su ansiado café, paró un momento por los aseos, donde se refrescó la cara e hizo sus necesidades.
Al regresar al improvisado dormitorio, escuchó la voz familiar del Abuelo a través del altavoz.
-Buenos días, muchachos. ¿Listos para empezar?
-Listos -contestó W., agarrando con su mano derecha el tanque de café que le alargaba Clyde.
-Listos -repitió éste, tomando asiento junto a W.
-Bien, recapitulemos. ¿Qué saben ustedes de los billetes Kennedy?
-Hasta ayer -repuso W.- lo que casi todo el mundo. Forman parte de una de tantas teorías conspirativas en torno a la muerte de JFK. Esta sostiene que el presidente no confiaba en los métodos de la Reserva Federal, y que trató de desafiarla, poniendo en circulación papel moneda a sus espaldas. Que nunca más quería oír hablar de los billetes FED. La decisión puso nerviosos a algunos, una cosa llevó a la otra, y el presidente Kennedy fue asesinado.
-Perdonad -intervino Clyde, frotándose la barbilla- a ver si me aclaro. ¿Estáis diciendo que hay diferentes tipos de billetes en circulación? ¿Billetes… FED, los llamáis, y esos que al parecer mandó imprimir Kennedy?
W. lanzó una mirada iracunda a Clyde al tiempo que murmuraba para sí una retahíla de palabras incomprensibles.
-Clyde -intervino el Abuelo-, como seguramente recuerdes de tu periplo universitario, la naturaleza del dinero de curso legal ha variado de forma sustancial a lo largo de la historia. Hablar del patrón oro, por poner un ejemplo, nos llevaría horas. En lo que respecta al papel moneda, debes saber que, durante la mayor parte del siglo XX, en Estados Unidos se manejaron de forma simultánea numerosos esquemas. Las diferencias entre ellos van más allá de meros aspectos formales; de hecho, el gobierno federal incorporaba o eliminaba más o menos tipos a la nómina conforme a sus intereses.
“Así, en tiempos de la administración Kennedy, circulaban billetes US, que se imprimían con valor facial de dos y cinco dólares; pero también certificados de plata, con valor facial de un dólar. Estos dos tipos eran emitidos por el departamento del Tesoro. A cargo de la Reserva Federal, estaban los billetes FED, con valor facial de diez, veinte y cincuenta dólares.
-Mmm…interesante -repuso Clyde, echando la mano de un paquete de cigarrillos arrugado-. ¿Y que tiene que ver todo esto con el presidente y su supuesta animadversión hacia la Reserva Federal?
-Pues verás. Que Kennedy diera luz verde a los chicos del Departamento del Tesoro para que imprimieran nuevas series en billetes pequeños –de dos y cinco dólares, por poner un ejemplo- entra dentro de lo normal. Que les ordenara imprimir series de billetes grandes, no. Hubiese supuesto un cambio sustancial en el status quo de aquella época. Durante las décadas precedentes, los billetes FED habían comenzado a sustituir al resto de alternativas en circulación. Una medida como ésta hubiese supuesto un cambio de tendencia. Un desafío a la creciente autoridad de la Reserva Federal. ¿Verdad, W.?
-Correcto –el hombretón observó cómo su compañero crispaba los puños al tomar la palabra, pero en ese momento no le concedió mayor importancia-. Puede que haya un nexo causal, o tan sólo sea una coincidencia temporal. Pero el caso es que, tras el asesinato de Kennedy, se dio el carpetazo a la emisión de billetes por parte del Departamento del Tesoro; quedándose la FED sola al mando de las operaciones.
-Vaya -Clyde lanzó una bocanada de humo, mientras conjeturaba qué más daría que unos u otros imprimieran billetes-. Y el trabajo que nos han encomendado es…
Si el hombretón se hubiese vuelto en ese momento hacia su compañero, habría visto a W. morderse la lengua. No se percató de ello, porque el Abuelo se adelantó a responder.
-Seguir el rastro de esos billetes, si es que alguna vez se mandaron imprimir. Sabemos que, bajo el mandato de Kennedy, el Tesoro puso en circulación nuevos billetes de dos y cinco dólares. Todavía pueden verse algunos por la calle. Pero esos no son los que nos interesan.
“Se ha especulado mucho acerca de si se dio también la orden de imprimir billetes de diez y veinte dólares. ¿Con qué intención? Sustituir a los de la FED. Pura rumorología, si hacemos caso de los desmentidos oficiales. No hay una sóla declaración pública de JFK en contra de la Reserva Federal. Y lo cierto es que éstos nunca han circulado.
-Me pregunto –insistió Clyde- qué tendría que ganar nuestro cliente con todo esto. ¿Desentrañar el asesinato de Kennedy? No me lo creo.
Se hizo un espeso silencio, en el que cada cual se sumió en sus pensamientos. En el caso del hombretón, permaneció con los párpados entornados, y a su mente acudieron fragmentos de la conversación en el aparcamiento. Su anónimo interlocutor insistiendo una y otra vez en que necesitaban resultados en un plazo máximo de dos semanas. O la negativa con que recibió la sugerencia de W., aquello de fabricar pruebas falsas. Como si su nuevo patrono estuviera interesado nada más que en conocer la verdad, y punto. Algo muy poco habitual en los tiempos que corren.
-Pudiera ser -concedió el Abuelo-. En todo caso se trata de un juego muy peligroso. Quien logre probar la existencia de los billetes Kennedy tendrá en su mano una formidable baza para presionar al sistema. De hacerse público, la Reserva Federal quedaría en entredicho. Y si de algo se alimenta ese organismo es de CONFIANZA.
Clyde se quedó con las ganas de continuar con el interrogatorio; pues en ese preciso instante se oyó carraspear al Abuelo.
-Muchachos, tengo una llamada urgente por la otra línea. W., quiero que aclares a Hernanes todo aquello que necesite saber. Dadme diez minutos y continuamos ¿OK?
Clyde se frotó la mandíbula con ambas manos, intrigado. Buscó con la mirada a W. y reparó en que éste le dedicaba una mirada furibunda. El hombretón enarcó las cejas, invitando a su compañero a hablar.
-En este negocio hay una regla de oro –rezongó el hombrecillo, con súbito acento centroeuropeo-. Respetar el territorio del otro. Por si no te quedó claro, el mío son las finanzas, el tuyo los mamporros. Así que, a partir de ahora, seré yo el que hable. Te limitarás a fingir que entiendes todo lo que conversamos y a seguir mis instrucciones.
Clyde meditó un momento antes de responder.
-Expuesto así, no tengo nada que objetar, W.